domingo, 26 de marzo de 2017

ACTIVISMO SANITARIO Y OTRAS HIERBAS.




Ocasionalmente asistimos, en distintos ámbitos, a confrontaciones más o menos enconadas, más o menos personalizadas entre distintas visiones de lo que la asistencia sanitaria es y debería o podría ser. Tengo amigos, conocidos y compañeros (más tarde abordaré este elusivo término) en diferentes posiciones en el complejo mapa de la(s) política(s) sanitarias: sindicalistas (y exsindicalistas), ligados a asociaciones en defensa de la salud pública o a plataformas que defienden el “modelo Alzira” de cooperación público-privada, pertenecientes y/o animadores de las distintas “mareas”, e incluso miembros de partidos políticos de diferente signo. No por eso me siento equidistante en estos temas: defiendo (casi siempre en privado, esto es una excepción) el modelo público de sistema nacional de salud, la exclusividad laboral completa entre los sistemas público y privado y la participación de pacientes y usuarios en el Sistema Sanitario. Critico, cuando la conversación lo demanda, raramente en algún blog, la infrafinanciación de la Atención Primaria, la medicalización de la normalidad (incluyendo las campañas de prevención que no lo son) y la hipertecnificación de la asistencia, con sus costes cada vez más insostenibles, si alguna vez fueron lo contrario. Trabajo en el sistema público desde que acabé la residencia en Cirugía General (excepto por un año en el que probé –mala– fortuna como Jefe de Servicio de un Hospital con una “nueva” forma de gestión) y siempre como facultativo raso (excepto por esa temporada y unas tres semanas en un puesto en la subdirección médica de mi Hospital este año pasado en otro clamoroso error de cálculo por mi parte). En resumen, como todos, no soy “apolítico” en términos sanitarios (ni creo que nadie lo sea, aunque lo piense: todos tenemos ese corazoncito de gestor sanitario en nuestro interior, al menos en algunas ocasiones y/o respecto a algunos temas, unos del Barça, otros del Madrid, a veces con los mismos “argumentos”). Creo que esta descripción de mí mismo es suficiente (¿sobra?) para lo que quiero comentar a continuación.
Decía que ocasionalmente nos enfrentamos o, mejor, vemos como “otros” se enfrentan o confrontan opiniones. Algunas veces muy vehementemente. Hacia uno de los extremos de dicha vehemencia tendríamos lo que podría denominarse “activista sanitario”, es decir, personas que, desde dentro o desde fuera de las profesiones sanitarias, intentan influir de una forma notoria y disruptiva en lo que creen que, en este ámbito sanitario, debe ser reformado. Algunos, en análisis más finos que este mío, lo han denominado también “intelectuales de retaguardia”. Son términos en el campo semántico de lo militar. La Wikipedia (espacio de economía colaborativa también muy simbólico para ilustrar lo que escribo) define el activismo (y lo equipara a “militancia”) como “la dedicación intensa a una dada línea de acción en la vida pública, ya sea en el campo social, político, ecológico, religioso u otro. También se entiende por activismo la estimación primordial de la acción, en contraposición al quietismo”. El quietismo sería, digo yo, no la Wikipedia, el otro extremismo de la opinión. El diccionario de la RAE es aún más inquietante en su definición de este término: “activismo: 1. m. Tendencia a comportarse de un modo extremadamente dinámico. 2. m. Ejercicio del proselitismo y acción social de carácter público. 3. m. Fil. Doctrina según la cual todos los valores están subordinados a las exigencias de la acción y de su eficacia”. Esto último es fuerte, intensito, que se dice ahora: “todos los valores están subordinados a”. Pero, ahí está: activismo, dinamismo, proselitismo, exigencia… vaya palabras.
Hay activistas notorios, en la que podríamos denominar liga de la excelencia activista, aquellos de los que disfrutamos de sus heroicas biografías y grandes logros (Mandela, Martin Luther King, Rosa Parks, etc [que mal queda poner “etc” detrás de estos nombres]). Hay también activismos más o menos colectivos (las primaveras árabes o mejicana –la hubo-–, los activistas por la paz, los movimientos antidesahucio, el 15M…) aunque puedan reconocerse en ellos, en ocasiones, líderes identificables. Hay incluso bancos que se anuncian ligados al activismo, entradas de wikiHow que nos permiten aprender cómo serlo si nos decidimos y repertorios de noticias de activismo en periódicos poco sospechosos de radicalismo.  
En lo sanitario es algo más difícil poner ejemplos. Yo tampoco soy una persona muy informada al efecto y no tengo figuras muy reconocibles a mano o en la memoria RAM. Si uno indaga en la red, puede identificar algunos. Especialmente curioso es el caso de James Parkinson, sí, el de la enfermedad de ídem, que tuvo una carrera política revolucionaria --de la Revolución Francesa, se entiende-- y en su práctica médica abogó por los derechos de los enfermos mentales, la salud pública, etc. Resulta muy ilustrativo que no se conserva al parecer ninguna fotografía suya y que los escritos políticos los escribía con pseudónimo (claro, eran otros tiempos). En nuestro entorno tenemos otros ejemplos como Angels Martinez Castells (promotora de la plataforma Dempeus per la Salut Publica) o Luis Montes, anestesista y activista de los derechos al final de la vida, al que tristemente se conoce sobre todo por su affair judicial por practicar sedaciones en pacientes terminales en un hospital de Madrid. Más recientemente ha surgido el caso de Monica Lalanda, denunciada (por sus ex-compañeros) y expedientada por el Colegio de Médicos de Segovia por publicar una carta exponiendo los motivos de su renuncia a su puesto como médico de urgencias. Otros médicos activistas, en cambio, han tenido más suerte con sus denuncias, como ha sucedido, también hace poco, con el famoso y autodenominado Spiriman que ha conseguido frenar la fusión de dos hospitales en Granada, además de hacer dimitir a varios cargos de la Consejería de Sanidad y salir en el programa de Buenafuente. No entro a dilucidar si sus motivos o la forma de plantearlos, los de cualquiera de ellos, desde Parkinson hasta Spiriman, eran suficientes, bien fundados y proporcionales o si valía la pena la exposición pública, los riesgos en que incurrieron o los procesos legales que los acompañaron o acompañarán. No tengo la más mínima idea. O sí, pero no viene al caso. Mi opinión no es la que cuenta: es la suya, y su determinación, en estos casos.
Más cerca, trabaja en mi propio hospital, un compañero y amigo ha decidido, desde hace ya algunos años, dedicarse al activismo sanitario. Preside una asociación que pretende concienciar contra la corrupción –perdón, la influencia-– de la Industria Farmacéutica en la Medicina (nogracias), participa de diversas asociaciones en defensa de la salud pública y en una red para la defensa de los derechos de salud de los ciudadanos (RECIPS). Su curriculum está especialmente ligado a la órbita de la Bioética y la epistemología (lo que, a pesar de su nombre, no es una secta), e incluso, previamente a su activismo, ha ejercido cargos de responsabilidad política en nuestra Región y puestos de gestión en su (también mi) hospital. Ocasionalmente publica editoriales controvertidos en los periódicos de la ciudad, se expone en noticias de prensa, entrevistas, redes sociales, manifestaciones y manifiestos, incluyendo los que pretenden no excluir a los inmigrantes de la asistencia sanitaria, cosa que tuvo su repercusión y su bienvenida retractación normativa. Los compañeros saben de quién estoy hablando: es una persona conocida, aunque quizá no muy popular. Ayer mismo esta persona, este compañero, tuvo un (otro) error. Esta vez (otra vez) fue demasiado lejos y atribuyó un interés personal, no sólo político, a la Consejera de Sanidad de nuestra Región en el marco de la llamada “medicina de precisión” (qué buena palabra, tan indiscutible de entrada como “célula madre”) y en el “Big Data” (qué mala palabra, sobre todo traducida: “Datazos”). Un periódico se hizo eco de la noticia que corrió como la pólvora (mojada) en corrillos, guardias, fiestas de viernes y grupos de whatsapp de compañeros. Como he dicho antes para otros contextos, desconozco su motivación, su fundamento, su proporcionalidad, su conveniencia o el riesgo legal de escribir algo así. Desconozco las estrategias y los límites del activismo. Sí reconozco, en cambio, la ejemplaridad y la nobleza de su disculpa, hecho éste tan poco frecuente en nuestro medio. Soy incapaz de ponerme en su situación, ni como médico, ni como padre, ni como activista, pero este activista es mi compañero desde hace mucho, me ha enseñado muchas cosas y me intenta convencer de muchas más en las que discrepamos y en las que ¿nunca? nos pondremos de acuerdo. Es vehemente, implacable, quizá ha “subordinado algunos valores a la eficacia de la acción” (y se ha equivocado y se equivocará, como yo, como nosotros, en otras escalas y momentos). Este activista es, ante todo, mi amigo Abel y estoy convencido de que es una voz que conviene escuchar (de vez en cuando, aunque a veces su hiperproducción se acerque al spam) si queremos seguir avanzando o aunque sea para discrepar, para mejorar nuestras buenas razones, para sacarnos de nuestra zona de confort, que se dice ahora. Es cierto: nadie ha pedido su opinión (nunca es así en el activismo) y, precisamente por eso, la necesitamos: necesitamos esos editoriales incómodos sobre nuestra ¿realidad? y su generosa heterodoxia, dedicación (y el riesgo y la altura, que decía alguien). Espero que, a quien corresponda, acepte sus disculpas ahora y más adelante (personalizar fue un error y de un error se aprende mucho, como sabemos; seguro que hay más heridos, señalados o indignados por sus palabras en el futuro). Yo ya lo he hecho, más de una vez: es una especie de rara suerte disfrutar de un amigo tan incómodo.
Por cierto, me olvidaba: la RAE, de nuevo: “Compañero/ ra, (de compaña. 1. m. y f. Persona que se acompaña con otra para algún fin. 2. m. y f. Cada uno de los individuos de que se compone un cuerpo o una comunidad, como un cabildo, un colegio, etc. 3. m. y f. En varios juegos, cada uno de los jugadores que se unen y ayudan contra los otros [...]”. Me inclino por la primera acepción: persona que se acompaña.
Un abrazo, colegas (y compañeros).


Jose Aguilar




lunes, 29 de agosto de 2016

LA CUARTA PERSONA DEL PLURAL



Te afecta pero no lo entiendes



En verano, durante las vacaciones, leo más. Incluso es posible que en verano lea mejor. No sé.

Para el verano me reservo libros algo más extensos, títulos que no estoy tan seguro de que “valgan la pena”. La pena es el tiempo dedicado, el esfuerzo por intentar entenderlos, los temas a veces “marginales” que no tratan “de lo tuyo”, de lo de siempre. Así que la pena es no tener más tiempo, más vacaciones, más buenos libros entre las manos. Aunque, inevitablemente, sea cual sea el tema, tratas de darle significado, encaje, en lo tuyo. Llevas a las neuronas de viaje y ellas siempre te salen con eso de se parece a o como si. El cerebro y sus patrones, sus atajos. Y el cerebro de turismo, siempre más miope de lo necesario.

Así que, entre otros, leo “La cuarta persona del plural”, una antología de poesía española (1978-2015) editada por Vicente Luis Mora. Y descubro poetas o leo mejor a los que ya conozco (?), con más atención, con más códigos. Como en esos paseos por el campo en los que te acompaña alguien que sabe de botánica y dejas de ver solo plantas y empiezas a ver espliego, ajedrea, enebros, azofaifos…

Y, además, como en toda antología, está la introducción donde el antólogo se justifica, da razones, se excusa, se excusa por excusarse, establece su(s) criterio(s). Y ésta, la de Vicente Luis Mora (VLM), es una introducción compleja, matizada e inteligente.

Pero ni siquiera quería escribir sobre este libro en concreto, sino sobre esa deriva en la que siempre navego cuando leo: cualquiera que sea el tema, rápidamente me embarco en una analogía y vuelvo a surcar el mismo mar de todos los días, mi mar de las Sirtes donde Ahí estaba, allí le teníamos. Su fría luz irradiaba como un manantial de silencio, maestro en la noche desierta”. Y está ese concepto: “la cuarta persona del plural” y pienso que, si el proyecto, la idea, fracasa(ra), si fracasó, el “nosotros”, quizá, no era la persona verbal adecuada.

Dice VLM que “el idioma navajo admite una cuarta persona verbal, que incluye a quienes están presentes en la distancia suficiente para escuchar […]. [Y que] en el aymara peruano, la cuarta persona es la única forma de incluir a la vez al emisor y al receptor”. Dice VLM que dice Deleuze que dijo Ginsberg que “es la voz de la cuarta persona del singular / en la que nadie habla / y sin embargo existe”. Y dice esto en relación al problema de plantear “una comunicación de muchos”, a la cuestión de cómo llegar a “ese colectivo de personas que están a la suficiente distancia para escuchar”. Y dice VLM que decía Derrida que ‘la pluralidad tiene que ser sostenida en los discursos por alguien, produciéndose la paradoja de que nosotros es siempre el dicho de uno solo’”.

Y así yo me subo en mi pensamiento analógico y pienso en los proyectos comunes, en los intentos, en las diferencias de criterio, en las dudas. “El titubeo es parte esencial de cualquier comportamiento intelectual digno […]; estamos condenados a balbucear una y otra vez, sin descanso”, me consuela, sin saberlo, VLM. Y habla de criterios, de conceptos (poéticos, literarios, filosóficos), habla de “lo bello” y escribe que explicaba  Roberto Espósito que “los conceptos políticos más importantes están expuestos a una verdadera batalla por la conquista y la transformación de su sentido”. Investigación-acción, recuerdo, me hago recordar.

Después de la introducción hay, claro, poetas y poemas. A pocos los conocía de antes (Riechmann, Vicente Valero, Jordi Doce, Fernández Mallo…) pero todos me deslumbran, algunos me calman o me agitan. “Elegir el / recipiente más adecuado para contener el desconcierto. / Un poema puede ser bastante capaz” dice Mariano Peyrou. “La palabra […] Una frágil membrana entre el mundo y el mundo” escribe Esperanza López Parada. “Todo lo que decimos inaugura distancia” titula JesúsAguado.

Leo y subrayo y anoto. Al margen (es mi zona de confort: los márgenes de los libros de otros).

Y pienso, sí, en la cuarta persona del plural.

O en dedicarme a recortar por la línea de puntos. Otra vez.


miércoles, 1 de junio de 2016

Qué bien te veo (o no)

                                            Lyon Opera Ballet in Bella Figura.© Michael Cavalca




En el British Medical Journal, para mí la más interesante de las "cinco grandes" revistas que publican investigación biomédica, suele haber un espacio para artículos que publican pacientes (junto a otras "visiones" o "perspectivas" distintas de las "puramente" biomédicas). En uno de los últimos números, Stella Duffy publica su experiencia sobre la reconstrucción mamaria bajo el título: Escogí la reconstrucción. No "verme bien". Lo traduzco, con cierta libertad (los corchetes y alguna licencia son míos), por su interés. Y con mis disculpas.

Escogí la reconstrucción. No "verme bien".

He tenido cáncer de mama en dos ocasiones. En la primera, cuando tenía 36, me hice una extirpación local [una cirugía conservadora] seguida de quimio y radioterapia. En 2014, mi mamografía anual mostró un carcinoma ductal in situ en el tejido mamario que se había conservado en la primera intervención en el 2000. Desde el primer cáncer yo pensaba, obviamente, en la posibilidad de una recaída. Así que no me costó mucho estar de acuerdo con realizarme una mastectomía y una reconstrucción de mama. Mi médico me dijo que las prótesis no se suelen recomendar para las pacientes cuya piel ha sido previamente irradiada.

Tomando una decisión.
Escogí una reconstrucción por muchas razones:

  • He tenido pechos durante 40 años y me percibo como una persona con dos pechos.
  • Hago mucho trabajo en público. La ropa de la mujer está diseñada para dos pechos y no quería sentirme cohibida [...].
  • Las amigas que llevan prótesis dicen que se sienten incómodas y pesadas.
  • Vivo en una cultura sexualizada donde los pechos de una mujer son considerados un significante primordial de su sexo. Como feminista entiendo que hay mucho que considerar cuando intentamos comprender nuestra relación con nuestros cuerpos, pero yo estaba impaciente por extraerme el cáncer. No me costó mucho tiempo decidirme

No escogí una reconstrucción porque quería que mis pechos parecieran "bonitos" o "mejor" sino porque quería sentirme como yo misma y –tras tener un cáncer por segunda vez– eso era importante. Sentirme física y emocionalmente como yo misma, no la enfermedad.

Recuerda el interior tanto como el exterior.
Aún así, todo lo que tenía que ver con la reconstrucción se discutió en términos de cómo se veía mi pecho reconstruido. Incluso cuando el pulso del injerto se chequeaba cada hora durante las primeras 24 h, me decían que el pecho se veía bonito –yo no solicité ese tipo de comentarios, pero esta visión era la que se ofrecía constantemente. Me doy cuenta de que era con buena intención pero, en ese momento, con el dolor, lo último que quería eran opiniones de personas virtualmente extrañas sobre el aspecto de mi cuerpo.
En el periodo previo a la cirugía, a pesar de la competencia, la compasión y la generosidad del equipo de cirugía plástica, nadie me dijo en ningún momento que yo sentiría mi pecho físicamente distinto.
A pesar de algunas complicaciones, mis cicatrices han curado bien, pero siento el pecho distinto –no sólo la ausencia de sensibilidad en el injerto y el el área inmediatamente alrededor, sino también por dentro. Puedo notar, a veces con dolor, dónde se me quitó un trozo de costilla para [utilizar para el injerto una arteria, rama de la aorta]. Noto los lugares donde se ha anclado el injerto que se extrajo de mi barriga. El pecho tira del punto medio de mi tórax. Se nota como algo distinto; no se nota como un pecho.

El lenguaje es importante.
Si se me hubiera advertido que la reconstrucción de mama puede ocasionar que los pacientes se sientan físicamente distintos, esto me hubiera sido de mucha ayuda a la hora de considerar mi elección. Una mastectomía es, en efecto, una amputación. Una reconstrucción es un arreglo, una reparación. El lenguaje puede ayudarnos a entender cómo podría ser en nuestro caso. Un lenguaje distinto, seguramente más brusco, pero ciertamente más claro, me hubiera ayudado a prepararme mejor.
Vivimos en una sociedad donde se produce un énfasis desorbitado sobre el aspecto, pero la reconstrucción no va sólo de aspecto. Nosotras, cada una de nosotras, vive en y a través de su cuerpo, por lo que ignorar las sensaciones físicas relevantes tras una reconstrucción es ignorar una gran parte del proceso.

Lo que necesitas saber:
  • Recuerda el interior tanto como el exterior: habla con las mujeres sobre los cambios posibles en las sensaciones y en el aspecto tras la reconstrucción.
  • Mejor que decir "¡Qué bonita ha quedado!", pregunta "¿Cómo te sientes?" O, si la conversación es sobre el aspecto, "¿Qué te parece cómo ha quedado?"
  • El camino de la reconstrucción es largo. Cuanto más veces nos recuerden que se necesitarán varias intervenciones, más probable es que lo tengamos en cuenta antes de tomar nuestra decisión.

Eso dice Stella Duffy después de traducida. Y la distancia, me temo, no es sólo por el idioma.
Seguimos en ello.

sábado, 7 de mayo de 2016

CONTARLO (PODER CONTARLO)

Una primera disculpa: según blogger, hace más de 2 años desde la última entrada. Aunque soy especialista en dejar las cosas para más tarde, esto es demasiado incluso para mí si este espacio quiere tener una cierta continuidad. Pero, digo yo, la continuidad no lo es todo. Un blog puede no ser un diario, ni un semanario: puede ser solo un depósito de capítulos sueltos, de trozos que, como en los naufragios, a veces tardan tiempo en llegar. Como lo que quiero contar hoy.

A lo que iba:

He leído –ayer leí de una sentada, es breve– el estupendo cómic (¿novela gráfica?) "Que no, que no me muero" de María Hernández Martí (texto) y Javi de Castro (ilustración) donde la autora cuenta fragmentos, sensaciones y reflexiones en torno a su experiencia durante el tratamiento del cáncer de mama (y más cosas, muchas más cosas). Soy muy aficionado al cómic, pero no lo suficiente para hacer una reseña bien argumentada, así que os recomiendo la que salió en El País, o mejor aún, la que he leído de Gerardo Vilches; os ilustrará más que este post en muchos aspectos (y no sólo técnicos o de erudición).

Pero yo iba a otra cosa, a lo de contar. A lo de contarLO.

No es la primera vez que se plantea esto de contarlo (o no), desde luego. En otro muy (muy) buen libro sobre la experiencia personal atravesada por otro tipo de cáncer (un linfoma) titulado "Mi cuerpo también", de Raquel Taranilla, la propia autora reflexiona en el prólogo sobre "¿Por qué contarlo [...]?" cuando todo puede parecer (y leerse) en contra: volver a recordar, exponerse, decir (de más o de menos), atormentarse, arrepentirse, incluso repetirse o repetir lo que ha sido dicho ya en otro lugar, por otra persona, en otro contexto (nunca será repetir, por tanto). Y, particularmente respecto al cáncer de mama, hay multitud de textos, tanto más formalmente editados como –no menos valiosos– en Internet.

Así que, creo yo, es una buena pregunta... ¿por qué contarlo?

Contar –contarlo– es, por un lado, poderlo hacer. Y no sólo desde la posibilidad física tal como se utiliza comúnmente esa expresión, con el significado de "sobrevivir a algo", sino desde la capacidad personal, la potencia, el deseo de de escribir para –al menos– completar el relato que hasta ahora sólo se leía –¿quién accede?– en la pésima letra de las notas de los médicos y las enfermeras en tu historia clínica o en los menús desplegables y los pdfs de la historia clínica electrónica. Poder contarlo es también, de alguna forma, un acto terapéutico –una actitud, mejor– cuando la enfermedad, esta enfermedad, se hace cargo de la situación, lo quiere ocupar todo o casi todo, amenaza con llevárselo todo por delante: contar algo, darle nombre, darle un relato, permite delimitarlo, que no se expanda como una mancha de petróleo, como un tsunami (y elegir mejores metáforas que las anteriores, claro). Un cuento de miedo sirve para conocer, para describir al miedo (y a nosotros frente a ello). Contar algo es una forma de controlarlo de la misma forma que un escritor puede manejar sus paisajes, sus tramas, sus personajes: decidir su aspecto, cuánto, cuándo y dónde aparece y, en definitiva, hacerlos morir o que triunfen. No digo que, en este caso en particular, se pueda llegar a tanto. La ficción, incluso la autoficción o la autobiografía tiene, como todo, un poder limitado, pero... (pienso) algo puede, algo puedo.

Y contar –contarlo– es, aún más, compartirlo y así ayudar desde otra posición, desde otra perspectiva. Leí en algún lugar cómo los profesionales, los expertos, los deportistas de élite, incluso los músicos más virtuosos (en el libro se hablaba específicamente de Itzhak Perlman) necesitan también un oído externo, un buen coach (de eso iba aquel artículo) que sea capaz, entre otras cosas, de analizar las distintas situaciones y manifestaciones del todo dividiéndolas en sus puntos críticos, delimitando sus componentes. Cuando una paciente se decide a contarlo se convierte, de algún modo, en coach de otras. Y de los profesionales. Desde otra posición, desde otra perspectiva.

María Hernández y Javi de Castro, los autores de "Que no, que no me muero" hacen precisamente eso: dar pinceladas concretas, cerrar viñetas, capturar frases, delimitar aspectos. Desde la ficción, construyendo un personaje –Lupe– donde convergen experiencias propias y ajenas, hechos e imaginación y mediante un orden tan aleatorio como neurótico: por orden alfabético.

Con "C" de "cáncer" pero también con "C" de "contarlo", con la lucidez del héroe o del antihéroe o, por ponerlo en las palabras de la autora:

En este libro se cuenta cómo en estos últimos años he tenido muchísimas oportunidades para desplegar una paciencia maravillosa, zen, elegantísima, de esa que te ilumina de inteligencia y te embellece y sirve de inspiración a los demás. 
Y cómo las he desaprovechado todas





domingo, 5 de enero de 2014

SOSTIENE SALINAS


Las manos, las inocentes
acuden siempre al engaño.
No van lejos, sólo van
hasta donde alcanza el tacto.
Rosa la que ellas arranquen
no se queda, está de paso.

Pedro Salinas
Las cosas,
de “Todo más claro (y otros poemas)”













La poesía es obra de caridad y de claridad” sostiene Salinas en el prólogo del libro que me acaban de regalar y de donde extraigo los versos que anteceden a este texto. Hablar claro, que no significa sacrificar lo complejo “en aras de claridad” como decimos cuando se renuncia a detallar más el discurso, a añadir información que lo pueda hacer más confuso. Hablar claro. Pero hablar, claro. Hablar de verdad.

Hemos hablado un rato mientras el regalo, este libro, permanecía, envuelto en celofán, encima de la mesa, entre los dos.

Tengo compañeros que dicen que la comunicación con los pacientes es imposible. Las cosas, claras y la relación médico-paciente, espesa. Y ahí lo dejan, nihilistas del séptimo día, sentenciosos, rotundos y envueltos en batas acartonadas, afianzados por años de experiencia (y lustros de desánimo). Y, bueno, no digo yo que no sea un problema, o que sea sencillo o que esté resuelto. Y, sí, ya sé que no todos los problemas tienen solución pero, cuando me dicen algo así, cuando me plantean eso de que “no hablamos el mismo idioma”, no puedo dejar de imaginarme la frontera, un muro –y todo eso de "paz por territorios"–, dos mundos, dos especies. Algo así como el capitán Kirk (con bata trekkie) bombardeando alienígenas porque no los entiende o porque ellos tampoco lo entienden a él (y eso, en el fondo, quiere decir, de algún modo, que todo está perdido: sólo queda la opción de aniquilar al enemigo que suele ser todo aquél que no habla tu idioma).

Y no, seguro que no. Hay que estar ahí, explicarse, preguntar, hablar, buscar la claridad. “Tinieblas, más tinieblas / Sólo claro el afán. / No hay más luz que la luz que se quiere [...]” sostiene Salinas. No podemos tolerar –no servirá de nada, en cualquier caso– un modo de relacionarnos poco exigente, simple, idiotizado, infantilizado. Hay que, de algún modo, traer a la superficie todo eso tan simplón y empobrecido que hemos ido aceptando, el discurso políticamente correcto del consentimiento (!) informado (!!). Hay que sacar la basura, poner las cosas en limpio, hay que aclararse. “Las claridades […] ¡Qué naturales parecen,/ qué sencillo el gran milagro”. Y hay que hacerlo desde ambas partes. Para eso estamos (juntos). Hay quien quiere o necesita más y quien menos, hay dosis, hay demandas que atender. Hay más o menos tiempo y mejores y peores lugares y momentos. Hay mucha gente, presente o ausente, alrededor que considerar. Y nadie sobra, perdonad, colegas. Que sea imposible (“¡qué sencillo el gran milagro!”, sostiene Salinas, repito) no quiere decir que no haya que seguir en esto. Es un asunto profesional pero, sobre todo, humano. Vivir también resulta, en último término, imposible.

¿Desconfianza? ¡Qué menos! El entorno, el asunto, las cosas que van sucediendo y sucediéndose, las informaciones oídas/leídas en la prensa, los comentarios de los familiares, de los amigos, de otros “profesionales”, lo oído ayer, hoy o mañana en la sala de espera (la sala de espera, ese yacimiento de psicoanálisis natural, ese diván de sillas –¡amarillas!– ancladas en serie siempre ¿pendiente? de un estudio psico-sociológico , de un verdadero uso).

¿Agresividad? ¿Ha oído alguien hablar de la palabra “miedo” y de sus habituales consecuencias en la conducta humana? “Todavía no lo sé / Entre los gritos de aquí / no se le oye bien”, sostiene Salinas. Cuando en la conversación hay un cuchillo, ¿quién se extraña de que, en algún momento, haya heridos? ¡Ah!, es la buena educación, la flema ––ese mito–– británica, lo que aspiramos a conseguir, lo que, convenientemente, en este contexto, extrañamos. Contención, caiga quien caiga. Pero, si nos fijamos, si atendemos...“Escucho. Otra vez/ se oye su voz delgadísima / diciéndome 'Ven'.”

Pacientes “excesivamente demandantes”. Claro, sólo se trata de su vida. ¡Qué gente tan exagerada! Porque ya le hemos pasado el documento, lo han firmado, hemos completado el discurso-panfleto, la explicación-prospecto, la descripción escueta y miope (con un solo punto de –corta– vista). ¿Qué posibilidades tengo? ¡No me haga reír! “Esa marmórea exactitud, la cifra, / poco ilumina”, diríamos, en caso de que aún tuviéramos citas a mano (o a máquina). ¿Cómo irá todo? ¿Qué me va a pasar? ¿Qué es eso del ganglio centinela ––cuando decidieron este término sostengo, ahora yo, que no hubo un buen poeta a mano––, la radioterapia, el linfedema...? ¡Qué pesada! Si ahí viene todo...lea, lea, si ya se lo he dicho ¿no ha oído? ¿no frecuerda?

“El borde es siempre temblor, / porque está entre dos”. Sostiene. Salinas.

No sé. Es posible que el primer día no se consiga (sea lo que sea lo que haya que conseguir), aunque hay que intentarlo, mucho, el primer día, el primer momento: “aunque las auroras de este mundo / sigan acaso siendo tan diarias, hay luces que no vuelven”, sostiene Salinas. Quizá algunas preguntas no sean las adecuadas, no vale una actitud genérica: no, no vale, seguro; quizá tampoco haya que obsesionarse en buscar un resultado en la comunicación (y, desde luego, ése no puede ser “que me entiendan” exclusiva y unidireccionalmente); puede que, tal vez, sugiero, el asunto vaya más por establecer un espacio, una alianza desde ahora mismo, o para más tarde, o para cuando se pueda o se precise... puede que abramos puertas inadecuadas o que no sepamos qué hacer con todo lo que sale por las que hemos abierto. Y, en general, puede que no llamemos a ninguna puerta y, entonces, nada real suceda.

Sí, nada hay claro, colegas nihilistas, pero todo va estando más claro (ese presente continuo): quizá la poesía no sirva para nada (pero, alguno de nosotros, tampoco: “allí detrás estáis, amurallados / en resplandor estático”).

Quizá.

En cualquier caso habrá que continuar, digo, por convicción, por vocación, esa palabra, sostiene Salinas.

[Y, por cierto, ¡gracias!].