viernes, 12 de abril de 2019

Exposición




En Madrid, una vez más.

En Madrid, claro, hacemos cosas. Vamos al teatro, museos, exposiciones, paseamos por la ciudad, al menos por la ciudad convencionalmente turística, por ejemplo Chueca, el barrio de Las Letras, etc. Madrid, para los que venimos de fuera en un fin de semana, está para eso.

Convencionalmente.

En el Reina Sofía hay una exposición temporal titulada “París pese a todo”. Imposible resistirse. Es como “París bien vale una Misa” pero en postmoderno. La cosa va de la producción artística en París entre 1944 y 1968, es decir, después de la 2WW y a partir de los artistas extranjeros que  contribuyeron a la misma. La exposición –dice el folleto– agrupa más de 100 artistas extranjeros (no franceses) incluyendo pintores, escultores, cineastas, músicos y fotógrafos. 

Y el arte, como siempre, interroga a los que nos paramos a contemplarlo, aunque sea unos segundos. 

Nos preguntamos quién, cuándo y, sobre todo, por qué, para qué, cuál era su intención. El arte tiene intención, tiene una ambición más o menos imposible: cambiarlo todo o una pequeña parte del todo, buscar algo, citar algo, comentarlo, enmarcar una situación, exponer una parte de la realidad o de lo imaginario. Hablar, también, de lo que no se puede hablar. El arte, al menos, pretende

Salimos del museo, pero no hemos visto la exposición. No. Entre la cola de la entrada, los tickets, ir al baño, admirar el edificio Sabatini, orientarnos y ver el Guernica, ese cuadro totémico de nuestra cultura-narración, se nos va la mañana. Rabascall,  Matta, Erró, Telemaque y tantos otros se quedan sin interrogarnos. Nos perdemos –sigue diciendo el folleto de la exposición– una producción artística que acompaña a “intensos debates dirimidos en un contexto local e internacional de profundas transformaciones, tales como el nuevo orden geopolítico global que inaugura la Guerra Fría, la consolidación de la sociedad de consumo y la economía de servicios, los movimientos antiimperialistas y decoloniales, [esta coma que precede al corchete es, supongo, una Oxford comma en un texto en castellano; me parto (y la risa y los corchetes son obviamente míos)] y el fin de los grandes relatos de la modernidad”. 

No hemos visto la exposición del París de postguerra en el Reina Sofía pero –¿en cambio?– hemos visto el Guernica de Picasso. El Guernica acompañado de los vídeos de los bombardeos sobre población civil, con las fotos de los refugiados españoles, los cientos de bocetos previos al cuadro, los bodegones de Juan Gris a los que Picasso robó tanto y tan bien. Y un diseño para una posible bandera de las brigadas internacionales británicas, que ilustra este post. En una vitrina.

– Qué letra más fea tiene el pintor [André Masson] –dice mi hija

El arte te interroga.

Luego hemos tomado algo en un bar de la calle Atocha, junto a la estatua que reproduce el cuadro de Genovés inspirado en el asesinato de aquellos abogados laboralistas, muy cerca del número 55.  He intentado explicarles algo a mis hijos (fathersplaining), al menos los detalles básicos de esa historia, pero he preferido dejarlos con algunos interrogantes, por si les sirven de algo, de un punto de partida. Seguro que les sirven más que una mala explicación. Una constatación de que la Historia la escribimos, pero también nos inscribe.

En Madrid, una vez más, esa ciudad sin límites. 

Madrid pese a todo: las ventajas de no ver una exposición, de encontrarse, como siempre, otra cosa.

Abrazos.

PD:
Cuando llego a casa, pocos días después, en el último #unpaisparaescucharlo alguien toca música en mitad de la devastación de Belchite. El arte te interroga. Y también te grita al oído, a veces, para ver si despiertas.


lunes, 1 de abril de 2019

Experiencia del paciente

Foto III Congreso IEXP, alojada en su web. (Lo siento, no he encontrado autoría). El autor del blog disimulando su (extremada y continua) atención e inteligencia, haciendo como que consulta el móvil cuando, en realidad, piensa e investiga en la diferencia entre "user-experience" y "customer-experience".

Imagino que hay una especie de leyenda urbana que asegura que "los médicos estamos siempre de congreso". Y es posible que haya algo de verdad en eso, aunque, como toda verdad, sea una verdad prismática, con más caras que un hexaquisoctaedro (aunque, como todos sabéis, un hexaquisoctaedro es un poliedro no prismático).

Perdón. 

El caso es que hace pocas semanas he asistido a uno (a un congreso, no a un poliedro) titulado "III Congreso de Experiencia del Paciente" que, en esta edición, se centraba en el paciente oncológico. Como hago siempre, llevo mi cuaderno y atiendo puntualmente a todas las conferencias, ponencias y mesas redondas tomando notas que voy acumulando de forma ordenada y continua (inicialmente) y que, poco a poco, según los derroteros que me proporciona el pensamiento errático que llevo de serie, se van adornando con notas al pie, asteriscos, frases que escalan los márgenes del cuaderno con una asombrosa verticalidad, paréntesis, corchetes, llamadas, acotaciones y MAYÚSCULAS que me impidan olvidar algo que, en ese momento y tristemente --lo he comprobado muchas veces-- solo en ese momento, me resulta IMPORTANTÍSIMO.

En el congreso se hablaba [copio los títulos del programa; los corchetes son míos] de la tecnología [informática] al servicio de la experiencia del paciente, de innovaciones terapéuticas que están impactando positivamente [!] en la experiencia del paciente oncológico, de empoderamiento [!!] y apoyo emocional y, por último, de integración social y laboral [un tema que, tarde pero imprescindiblemente, ya aparece en la mayoría de reuniones que hablan de cáncer]. Podría transcribir aquí las notas de cada ponencia que fui tomando, a modo de resumen, y dar así más difusión a muchas de las interesantes cuestiones que se fueron mostrando y debatiendo, pero sería largo, bastante insulso y poco acorde con el espíritu de este blog (que hoy retomo después de tanto tiempo de injustificable abandono). Algunas de esas cosas pueden leerse en otro lugar

Así que voy a hacer otra cosa.

Voy a poner los pensamientos que me fueron asaltando y que quise rescatar en forma de notas, comentarios y MAYÚSCULAS intempestivas, etc. para que, como una pequeña selva, bueno, un jardín mal cuidado, ilustren con su asilvestramiento lo que sucedía en mi cabeza mientras iba oyendo tantas cosas interesantes (y algunas menos). Y (lo siento) es que últimamente leo mucho a Ramón (Gómez de la Serna) y se me atilda la prosa y se me embarullan los pensamientos. Al fin y al cabo (y puestos a imitar --mal-- una greguería), los pensamientos son lo que queda después de que un gato juegue con el ovillo de lana de nuestro cerebro.

Así que ahí van:

Apuntes al margen del III Congreso IEXP (ideas para llevar a casa y atormentarse una temporada).

  • El desastre asistencial (experimentado) que se deriva de ignorar los determinantes sociales y el contexto del paciente: todo se libra, una vez más, a la capacidad individual. Sub-ítem: "Empoderizarse" como sinónimo de "autoemplearse" en la propia enfermedad (a tiempo completo y con las exigencias de un falso autónomo).
  • La enfermedad también como trigger convivencial (reflexionar  más sobre esto).
  • La participación como ejemplo de disonancia cognitiva del sistema (que ya disuena entre lo transversal y lo especializado): "Hay que ofertarle el psicólogo a la paciente" (sic). 
  • Trasladar la perspectiva actual con la que afrontamos la "discapacidad" también a la "enfermedad": ¿y si no hubiera enfermos sino personas en estados de salud distintos?
  • La tecnología como creencia fuerte-fuerte: ponentes pontificando de Big Data y ChatBots de ¿ayuda? mientras el (p) Powerpoint (y los vídeos) se cuelgan y el sistema de sonido falla y, lo siento, no sé qué... ¿puedo pasarlas yo?, uy, me ha cambiado toda la letra, etc. Bienvenidos a Windows Vista.
  • OK, os lo compro: Y si el BIG DATA fuera una bola de cristal ¿qué le preguntaríamos?
  • Lo traslacional digital: si existe, estamos a años luz [!]. 
  • El periodista especializado en noticias de salud y sus (malas/pobres) metáforas: un cáncer para la profesión. (Perdón II). 
  • Pacientes que graban la consulta con el móvil para poder postprocesar la información que no han entendido / no han captado, después, cuando llegan a casa. ¿Y médicos que graben la consulta para reflexionar sobre lo que el/la paciente aporta? ¿Y médicos grabándose para mejorar en comunicación? Pocos, pocos, pocos.
  • Lo global vs cultivar tu propio huerto. (La correcta es la b).
  • Por una pedagogía NO ADOCTRINANTE: no "domesticar" al paciente sino ilustrar y capacitar en derechos, recursos, opciones. La "alfabetización" en salud como un acto intrínsecamente paternalista.
  • Bueno... paternalismo vs maternalismo (reflexionar  más sobre esto). Lo maternal no es (solo) lo (tradicionalmente) ligado al cuidado. Tiene más que ver (supongo) con el amor incondicional. (Y el paternalismo con el poder, más que con la condescendencia). 
  • [Alguien ilustra su exposición sobre humanización de la radioterapia para niños con la imagen de una máscara termoplástica personalizada como Iron Man o, incluso, así] Humanización con superhombres y comics. La fantasía, en fin. [Yo pienso en un niño sirio y, en seguida, en la peli "Cafarnaum", donde el niño, al final [SPOILER] solo quería un DNI, termoplastificado o no]. Pero, bien, no descontextualicemos: ¡Bravo por Iron Man RT!
  • ¿Y si las noticias sobre innovación no fueran tan buenas? (a propósito de CAR-T) ¿Seríamos suficientemente honestos para comunicar(nos) la "Ley de Rendimientos Decrecientes"? Pero, por supuesto, como Moisés bajando del monte sinaí. 
  • ¿Habrá algún día un juicio de Nüremberg de los derechos de los pacientes? ¿Qué diremos los sanitarios? ¿"Yo solo obedecía protocolos"? ¿"Mi jefe me decía que lo hiciéramos así"? A propósito (otra vez) de la banalidad del mal (médico).
  • La competencia (tradicional y ahora tan actual y globalizada) de agentes no tradicionales en la asistencia sanitaria (y nosotros, mientras, preocupados con las pseudoterapias).
  • La innovación o es abierta, compartida, cooperativa y gratuita o no es innovación (y creo que esto ni siquiera es postfordismo): solo supone más gadgets, más productos, más dependencia, más tecnochatarra.
  • Creación de la figura "supervisor /a del confort del paciente" en los hospitales. La finalidad es, siempre, el bienestar (que se parece sospechosamente a la salud).
  • ¿Es posible --será posible-- una perspectiva distinta a la del "consumidor"? (también en salud). ¿Es deseable? 
  • Qué esperamos vs Qué obtenemos. The dilemma. [aplicable también al Congreso]



Y, no os aburro más. 

Bueno, sí: el congreso lo clausuraba el Dr Boi Ruiz, vicepresidente de la Asociación Humans, hablando de la "Participación de los pacientes en la toma de decisiones sanitarias". Muy buenas perlas finales para llevar a casa (lástima la ventolera que entraba por la puerta giratoria y que se llevaba las perlas volando como las de un collar en pleno acceso erótico): 
  • lo importante es lo que permite preservar los valores de las personas/pacientes (la autonomía, la integración social, el bienestar).
  • el sistema debe asegurar la equidad de acceso a servicios de igual calidad [doble equidad]
  • son los servicios los que deben tener hospitales (y no al revés)

Muy de acuerdo, Sr Boi, y también en intentar siempre una atención A+E (afectiva y efectiva). 

Sí, creo que también se dijo/entendí eso.

Congresos... ¡uf! (Al próximo voy sin bloc de notas).

Abrazos, querid@s.

domingo, 26 de marzo de 2017

ACTIVISMO SANITARIO Y OTRAS HIERBAS.




Ocasionalmente asistimos, en distintos ámbitos, a confrontaciones más o menos enconadas, más o menos personalizadas entre distintas visiones de lo que la asistencia sanitaria es y debería o podría ser. Tengo amigos, conocidos y compañeros (más tarde abordaré este elusivo término) en diferentes posiciones en el complejo mapa de la(s) política(s) sanitarias: sindicalistas (y exsindicalistas), ligados a asociaciones en defensa de la salud pública o a plataformas que defienden el “modelo Alzira” de cooperación público-privada, pertenecientes y/o animadores de las distintas “mareas”, e incluso miembros de partidos políticos de diferente signo. No por eso me siento equidistante en estos temas: defiendo (casi siempre en privado, esto es una excepción) el modelo público de sistema nacional de salud, la exclusividad laboral completa entre los sistemas público y privado y la participación de pacientes y usuarios en el Sistema Sanitario. Critico, cuando la conversación lo demanda, raramente en algún blog, la infrafinanciación de la Atención Primaria, la medicalización de la normalidad (incluyendo las campañas de prevención que no lo son) y la hipertecnificación de la asistencia, con sus costes cada vez más insostenibles, si alguna vez fueron lo contrario. Trabajo en el sistema público desde que acabé la residencia en Cirugía General (excepto por un año en el que probé –mala– fortuna como Jefe de Servicio de un Hospital con una “nueva” forma de gestión) y siempre como facultativo raso (excepto por esa temporada y unas tres semanas en un puesto en la subdirección médica de mi Hospital este año pasado en otro clamoroso error de cálculo por mi parte). En resumen, como todos, no soy “apolítico” en términos sanitarios (ni creo que nadie lo sea, aunque lo piense: todos tenemos ese corazoncito de gestor sanitario en nuestro interior, al menos en algunas ocasiones y/o respecto a algunos temas, unos del Barça, otros del Madrid, a veces con los mismos “argumentos”). Creo que esta descripción de mí mismo es suficiente (¿sobra?) para lo que quiero comentar a continuación.
Decía que ocasionalmente nos enfrentamos o, mejor, vemos como “otros” se enfrentan o confrontan opiniones. Algunas veces muy vehementemente. Hacia uno de los extremos de dicha vehemencia tendríamos lo que podría denominarse “activista sanitario”, es decir, personas que, desde dentro o desde fuera de las profesiones sanitarias, intentan influir de una forma notoria y disruptiva en lo que creen que, en este ámbito sanitario, debe ser reformado. Algunos, en análisis más finos que este mío, lo han denominado también “intelectuales de retaguardia”. Son términos en el campo semántico de lo militar. La Wikipedia (espacio de economía colaborativa también muy simbólico para ilustrar lo que escribo) define el activismo (y lo equipara a “militancia”) como “la dedicación intensa a una dada línea de acción en la vida pública, ya sea en el campo social, político, ecológico, religioso u otro. También se entiende por activismo la estimación primordial de la acción, en contraposición al quietismo”. El quietismo sería, digo yo, no la Wikipedia, el otro extremismo de la opinión. El diccionario de la RAE es aún más inquietante en su definición de este término: “activismo: 1. m. Tendencia a comportarse de un modo extremadamente dinámico. 2. m. Ejercicio del proselitismo y acción social de carácter público. 3. m. Fil. Doctrina según la cual todos los valores están subordinados a las exigencias de la acción y de su eficacia”. Esto último es fuerte, intensito, que se dice ahora: “todos los valores están subordinados a”. Pero, ahí está: activismo, dinamismo, proselitismo, exigencia… vaya palabras.
Hay activistas notorios, en la que podríamos denominar liga de la excelencia activista, aquellos de los que disfrutamos de sus heroicas biografías y grandes logros (Mandela, Martin Luther King, Rosa Parks, etc [que mal queda poner “etc” detrás de estos nombres]). Hay también activismos más o menos colectivos (las primaveras árabes o mejicana –la hubo-–, los activistas por la paz, los movimientos antidesahucio, el 15M…) aunque puedan reconocerse en ellos, en ocasiones, líderes identificables. Hay incluso bancos que se anuncian ligados al activismo, entradas de wikiHow que nos permiten aprender cómo serlo si nos decidimos y repertorios de noticias de activismo en periódicos poco sospechosos de radicalismo.  
En lo sanitario es algo más difícil poner ejemplos. Yo tampoco soy una persona muy informada al efecto y no tengo figuras muy reconocibles a mano o en la memoria RAM. Si uno indaga en la red, puede identificar algunos. Especialmente curioso es el caso de James Parkinson, sí, el de la enfermedad de ídem, que tuvo una carrera política revolucionaria --de la Revolución Francesa, se entiende-- y en su práctica médica abogó por los derechos de los enfermos mentales, la salud pública, etc. Resulta muy ilustrativo que no se conserva al parecer ninguna fotografía suya y que los escritos políticos los escribía con pseudónimo (claro, eran otros tiempos). En nuestro entorno tenemos otros ejemplos como Angels Martinez Castells (promotora de la plataforma Dempeus per la Salut Publica) o Luis Montes, anestesista y activista de los derechos al final de la vida, al que tristemente se conoce sobre todo por su affair judicial por practicar sedaciones en pacientes terminales en un hospital de Madrid. Más recientemente ha surgido el caso de Monica Lalanda, denunciada (por sus ex-compañeros) y expedientada por el Colegio de Médicos de Segovia por publicar una carta exponiendo los motivos de su renuncia a su puesto como médico de urgencias. Otros médicos activistas, en cambio, han tenido más suerte con sus denuncias, como ha sucedido, también hace poco, con el famoso y autodenominado Spiriman que ha conseguido frenar la fusión de dos hospitales en Granada, además de hacer dimitir a varios cargos de la Consejería de Sanidad y salir en el programa de Buenafuente. No entro a dilucidar si sus motivos o la forma de plantearlos, los de cualquiera de ellos, desde Parkinson hasta Spiriman, eran suficientes, bien fundados y proporcionales o si valía la pena la exposición pública, los riesgos en que incurrieron o los procesos legales que los acompañaron o acompañarán. No tengo la más mínima idea. O sí, pero no viene al caso. Mi opinión no es la que cuenta: es la suya, y su determinación, en estos casos.
Más cerca, trabaja en mi propio hospital, un compañero y amigo ha decidido, desde hace ya algunos años, dedicarse al activismo sanitario. Preside una asociación que pretende concienciar contra la corrupción –perdón, la influencia-– de la Industria Farmacéutica en la Medicina (nogracias), participa de diversas asociaciones en defensa de la salud pública y en una red para la defensa de los derechos de salud de los ciudadanos (RECIPS). Su curriculum está especialmente ligado a la órbita de la Bioética y la epistemología (lo que, a pesar de su nombre, no es una secta), e incluso, previamente a su activismo, ha ejercido cargos de responsabilidad política en nuestra Región y puestos de gestión en su (también mi) hospital. Ocasionalmente publica editoriales controvertidos en los periódicos de la ciudad, se expone en noticias de prensa, entrevistas, redes sociales, manifestaciones y manifiestos, incluyendo los que pretenden no excluir a los inmigrantes de la asistencia sanitaria, cosa que tuvo su repercusión y su bienvenida retractación normativa. Los compañeros saben de quién estoy hablando: es una persona conocida, aunque quizá no muy popular. Ayer mismo esta persona, este compañero, tuvo un (otro) error. Esta vez (otra vez) fue demasiado lejos y atribuyó un interés personal, no sólo político, a la Consejera de Sanidad de nuestra Región en el marco de la llamada “medicina de precisión” (qué buena palabra, tan indiscutible de entrada como “célula madre”) y en el “Big Data” (qué mala palabra, sobre todo traducida: “Datazos”). Un periódico se hizo eco de la noticia que corrió como la pólvora (mojada) en corrillos, guardias, fiestas de viernes y grupos de whatsapp de compañeros. Como he dicho antes para otros contextos, desconozco su motivación, su fundamento, su proporcionalidad, su conveniencia o el riesgo legal de escribir algo así. Desconozco las estrategias y los límites del activismo. Sí reconozco, en cambio, la ejemplaridad y la nobleza de su disculpa, hecho éste tan poco frecuente en nuestro medio. Soy incapaz de ponerme en su situación, ni como médico, ni como padre, ni como activista, pero este activista es mi compañero desde hace mucho, me ha enseñado muchas cosas y me intenta convencer de muchas más en las que discrepamos y en las que ¿nunca? nos pondremos de acuerdo. Es vehemente, implacable, quizá ha “subordinado algunos valores a la eficacia de la acción” (y se ha equivocado y se equivocará, como yo, como nosotros, en otras escalas y momentos). Este activista es, ante todo, mi amigo Abel y estoy convencido de que es una voz que conviene escuchar (de vez en cuando, aunque a veces su hiperproducción se acerque al spam) si queremos seguir avanzando o aunque sea para discrepar, para mejorar nuestras buenas razones, para sacarnos de nuestra zona de confort, que se dice ahora. Es cierto: nadie ha pedido su opinión (nunca es así en el activismo) y, precisamente por eso, la necesitamos: necesitamos esos editoriales incómodos sobre nuestra ¿realidad? y su generosa heterodoxia, dedicación (y el riesgo y la altura, que decía alguien). Espero que, a quien corresponda, acepte sus disculpas ahora y más adelante (personalizar fue un error y de un error se aprende mucho, como sabemos; seguro que hay más heridos, señalados o indignados por sus palabras en el futuro). Yo ya lo he hecho, más de una vez: es una especie de rara suerte disfrutar de un amigo tan incómodo.
Por cierto, me olvidaba: la RAE, de nuevo: “Compañero/ ra, (de compaña. 1. m. y f. Persona que se acompaña con otra para algún fin. 2. m. y f. Cada uno de los individuos de que se compone un cuerpo o una comunidad, como un cabildo, un colegio, etc. 3. m. y f. En varios juegos, cada uno de los jugadores que se unen y ayudan contra los otros [...]”. Me inclino por la primera acepción: persona que se acompaña.
Un abrazo, colegas (y compañeros).


Jose Aguilar




lunes, 29 de agosto de 2016

LA CUARTA PERSONA DEL PLURAL



Te afecta pero no lo entiendes



En verano, durante las vacaciones, leo más. Incluso es posible que en verano lea mejor. No sé.

Para el verano me reservo libros algo más extensos, títulos que no estoy tan seguro de que “valgan la pena”. La pena es el tiempo dedicado, el esfuerzo por intentar entenderlos, los temas a veces “marginales” que no tratan “de lo tuyo”, de lo de siempre. Así que la pena es no tener más tiempo, más vacaciones, más buenos libros entre las manos. Aunque, inevitablemente, sea cual sea el tema, tratas de darle significado, encaje, en lo tuyo. Llevas a las neuronas de viaje y ellas siempre te salen con eso de se parece a o como si. El cerebro y sus patrones, sus atajos. Y el cerebro de turismo, siempre más miope de lo necesario.

Así que, entre otros, leo “La cuarta persona del plural”, una antología de poesía española (1978-2015) editada por Vicente Luis Mora. Y descubro poetas o leo mejor a los que ya conozco (?), con más atención, con más códigos. Como en esos paseos por el campo en los que te acompaña alguien que sabe de botánica y dejas de ver solo plantas y empiezas a ver espliego, ajedrea, enebros, azofaifos…

Y, además, como en toda antología, está la introducción donde el antólogo se justifica, da razones, se excusa, se excusa por excusarse, establece su(s) criterio(s). Y ésta, la de Vicente Luis Mora (VLM), es una introducción compleja, matizada e inteligente.

Pero ni siquiera quería escribir sobre este libro en concreto, sino sobre esa deriva en la que siempre navego cuando leo: cualquiera que sea el tema, rápidamente me embarco en una analogía y vuelvo a surcar el mismo mar de todos los días, mi mar de las Sirtes donde Ahí estaba, allí le teníamos. Su fría luz irradiaba como un manantial de silencio, maestro en la noche desierta”. Y está ese concepto: “la cuarta persona del plural” y pienso que, si el proyecto, la idea, fracasa(ra), si fracasó, el “nosotros”, quizá, no era la persona verbal adecuada.

Dice VLM que “el idioma navajo admite una cuarta persona verbal, que incluye a quienes están presentes en la distancia suficiente para escuchar […]. [Y que] en el aymara peruano, la cuarta persona es la única forma de incluir a la vez al emisor y al receptor”. Dice VLM que dice Deleuze que dijo Ginsberg que “es la voz de la cuarta persona del singular / en la que nadie habla / y sin embargo existe”. Y dice esto en relación al problema de plantear “una comunicación de muchos”, a la cuestión de cómo llegar a “ese colectivo de personas que están a la suficiente distancia para escuchar”. Y dice VLM que decía Derrida que ‘la pluralidad tiene que ser sostenida en los discursos por alguien, produciéndose la paradoja de que nosotros es siempre el dicho de uno solo’”.

Y así yo me subo en mi pensamiento analógico y pienso en los proyectos comunes, en los intentos, en las diferencias de criterio, en las dudas. “El titubeo es parte esencial de cualquier comportamiento intelectual digno […]; estamos condenados a balbucear una y otra vez, sin descanso”, me consuela, sin saberlo, VLM. Y habla de criterios, de conceptos (poéticos, literarios, filosóficos), habla de “lo bello” y escribe que explicaba  Roberto Espósito que “los conceptos políticos más importantes están expuestos a una verdadera batalla por la conquista y la transformación de su sentido”. Investigación-acción, recuerdo, me hago recordar.

Después de la introducción hay, claro, poetas y poemas. A pocos los conocía de antes (Riechmann, Vicente Valero, Jordi Doce, Fernández Mallo…) pero todos me deslumbran, algunos me calman o me agitan. “Elegir el / recipiente más adecuado para contener el desconcierto. / Un poema puede ser bastante capaz” dice Mariano Peyrou. “La palabra […] Una frágil membrana entre el mundo y el mundo” escribe Esperanza López Parada. “Todo lo que decimos inaugura distancia” titula JesúsAguado.

Leo y subrayo y anoto. Al margen (es mi zona de confort: los márgenes de los libros de otros).

Y pienso, sí, en la cuarta persona del plural.

O en dedicarme a recortar por la línea de puntos. Otra vez.