lunes, 29 de agosto de 2016

LA CUARTA PERSONA DEL PLURAL



Te afecta pero no lo entiendes



En verano, durante las vacaciones, leo más. Incluso es posible que en verano lea mejor. No sé.

Para el verano me reservo libros algo más extensos, títulos que no estoy tan seguro de que “valgan la pena”. La pena es el tiempo dedicado, el esfuerzo por intentar entenderlos, los temas a veces “marginales” que no tratan “de lo tuyo”, de lo de siempre. Así que la pena es no tener más tiempo, más vacaciones, más buenos libros entre las manos. Aunque, inevitablemente, sea cual sea el tema, tratas de darle significado, encaje, en lo tuyo. Llevas a las neuronas de viaje y ellas siempre te salen con eso de se parece a o como si. El cerebro y sus patrones, sus atajos. Y el cerebro de turismo, siempre más miope de lo necesario.

Así que, entre otros, leo “La cuarta persona del plural”, una antología de poesía española (1978-2015) editada por Vicente Luis Mora. Y descubro poetas o leo mejor a los que ya conozco (?), con más atención, con más códigos. Como en esos paseos por el campo en los que te acompaña alguien que sabe de botánica y dejas de ver solo plantas y empiezas a ver espliego, ajedrea, enebros, azofaifos…

Y, además, como en toda antología, está la introducción donde el antólogo se justifica, da razones, se excusa, se excusa por excusarse, establece su(s) criterio(s). Y ésta, la de Vicente Luis Mora (VLM), es una introducción compleja, matizada e inteligente.

Pero ni siquiera quería escribir sobre este libro en concreto, sino sobre esa deriva en la que siempre navego cuando leo: cualquiera que sea el tema, rápidamente me embarco en una analogía y vuelvo a surcar el mismo mar de todos los días, mi mar de las Sirtes donde Ahí estaba, allí le teníamos. Su fría luz irradiaba como un manantial de silencio, maestro en la noche desierta”. Y está ese concepto: “la cuarta persona del plural” y pienso que, si el proyecto, la idea, fracasa(ra), si fracasó, el “nosotros”, quizá, no era la persona verbal adecuada.

Dice VLM que “el idioma navajo admite una cuarta persona verbal, que incluye a quienes están presentes en la distancia suficiente para escuchar […]. [Y que] en el aymara peruano, la cuarta persona es la única forma de incluir a la vez al emisor y al receptor”. Dice VLM que dice Deleuze que dijo Ginsberg que “es la voz de la cuarta persona del singular / en la que nadie habla / y sin embargo existe”. Y dice esto en relación al problema de plantear “una comunicación de muchos”, a la cuestión de cómo llegar a “ese colectivo de personas que están a la suficiente distancia para escuchar”. Y dice VLM que decía Derrida que ‘la pluralidad tiene que ser sostenida en los discursos por alguien, produciéndose la paradoja de que nosotros es siempre el dicho de uno solo’”.

Y así yo me subo en mi pensamiento analógico y pienso en los proyectos comunes, en los intentos, en las diferencias de criterio, en las dudas. “El titubeo es parte esencial de cualquier comportamiento intelectual digno […]; estamos condenados a balbucear una y otra vez, sin descanso”, me consuela, sin saberlo, VLM. Y habla de criterios, de conceptos (poéticos, literarios, filosóficos), habla de “lo bello” y escribe que explicaba  Roberto Espósito que “los conceptos políticos más importantes están expuestos a una verdadera batalla por la conquista y la transformación de su sentido”. Investigación-acción, recuerdo, me hago recordar.

Después de la introducción hay, claro, poetas y poemas. A pocos los conocía de antes (Riechmann, Vicente Valero, Jordi Doce, Fernández Mallo…) pero todos me deslumbran, algunos me calman o me agitan. “Elegir el / recipiente más adecuado para contener el desconcierto. / Un poema puede ser bastante capaz” dice Mariano Peyrou. “La palabra […] Una frágil membrana entre el mundo y el mundo” escribe Esperanza López Parada. “Todo lo que decimos inaugura distancia” titula JesúsAguado.

Leo y subrayo y anoto. Al margen (es mi zona de confort: los márgenes de los libros de otros).

Y pienso, sí, en la cuarta persona del plural.

O en dedicarme a recortar por la línea de puntos. Otra vez.


miércoles, 1 de junio de 2016

Qué bien te veo (o no)

                                            Lyon Opera Ballet in Bella Figura.© Michael Cavalca




En el British Medical Journal, para mí la más interesante de las "cinco grandes" revistas que publican investigación biomédica, suele haber un espacio para artículos que publican pacientes (junto a otras "visiones" o "perspectivas" distintas de las "puramente" biomédicas). En uno de los últimos números, Stella Duffy publica su experiencia sobre la reconstrucción mamaria bajo el título: Escogí la reconstrucción. No "verme bien". Lo traduzco, con cierta libertad (los corchetes y alguna licencia son míos), por su interés. Y con mis disculpas.

Escogí la reconstrucción. No "verme bien".

He tenido cáncer de mama en dos ocasiones. En la primera, cuando tenía 36, me hice una extirpación local [una cirugía conservadora] seguida de quimio y radioterapia. En 2014, mi mamografía anual mostró un carcinoma ductal in situ en el tejido mamario que se había conservado en la primera intervención en el 2000. Desde el primer cáncer yo pensaba, obviamente, en la posibilidad de una recaída. Así que no me costó mucho estar de acuerdo con realizarme una mastectomía y una reconstrucción de mama. Mi médico me dijo que las prótesis no se suelen recomendar para las pacientes cuya piel ha sido previamente irradiada.

Tomando una decisión.
Escogí una reconstrucción por muchas razones:

  • He tenido pechos durante 40 años y me percibo como una persona con dos pechos.
  • Hago mucho trabajo en público. La ropa de la mujer está diseñada para dos pechos y no quería sentirme cohibida [...].
  • Las amigas que llevan prótesis dicen que se sienten incómodas y pesadas.
  • Vivo en una cultura sexualizada donde los pechos de una mujer son considerados un significante primordial de su sexo. Como feminista entiendo que hay mucho que considerar cuando intentamos comprender nuestra relación con nuestros cuerpos, pero yo estaba impaciente por extraerme el cáncer. No me costó mucho tiempo decidirme

No escogí una reconstrucción porque quería que mis pechos parecieran "bonitos" o "mejor" sino porque quería sentirme como yo misma y –tras tener un cáncer por segunda vez– eso era importante. Sentirme física y emocionalmente como yo misma, no la enfermedad.

Recuerda el interior tanto como el exterior.
Aún así, todo lo que tenía que ver con la reconstrucción se discutió en términos de cómo se veía mi pecho reconstruido. Incluso cuando el pulso del injerto se chequeaba cada hora durante las primeras 24 h, me decían que el pecho se veía bonito –yo no solicité ese tipo de comentarios, pero esta visión era la que se ofrecía constantemente. Me doy cuenta de que era con buena intención pero, en ese momento, con el dolor, lo último que quería eran opiniones de personas virtualmente extrañas sobre el aspecto de mi cuerpo.
En el periodo previo a la cirugía, a pesar de la competencia, la compasión y la generosidad del equipo de cirugía plástica, nadie me dijo en ningún momento que yo sentiría mi pecho físicamente distinto.
A pesar de algunas complicaciones, mis cicatrices han curado bien, pero siento el pecho distinto –no sólo la ausencia de sensibilidad en el injerto y el el área inmediatamente alrededor, sino también por dentro. Puedo notar, a veces con dolor, dónde se me quitó un trozo de costilla para [utilizar para el injerto una arteria, rama de la aorta]. Noto los lugares donde se ha anclado el injerto que se extrajo de mi barriga. El pecho tira del punto medio de mi tórax. Se nota como algo distinto; no se nota como un pecho.

El lenguaje es importante.
Si se me hubiera advertido que la reconstrucción de mama puede ocasionar que los pacientes se sientan físicamente distintos, esto me hubiera sido de mucha ayuda a la hora de considerar mi elección. Una mastectomía es, en efecto, una amputación. Una reconstrucción es un arreglo, una reparación. El lenguaje puede ayudarnos a entender cómo podría ser en nuestro caso. Un lenguaje distinto, seguramente más brusco, pero ciertamente más claro, me hubiera ayudado a prepararme mejor.
Vivimos en una sociedad donde se produce un énfasis desorbitado sobre el aspecto, pero la reconstrucción no va sólo de aspecto. Nosotras, cada una de nosotras, vive en y a través de su cuerpo, por lo que ignorar las sensaciones físicas relevantes tras una reconstrucción es ignorar una gran parte del proceso.

Lo que necesitas saber:
  • Recuerda el interior tanto como el exterior: habla con las mujeres sobre los cambios posibles en las sensaciones y en el aspecto tras la reconstrucción.
  • Mejor que decir "¡Qué bonita ha quedado!", pregunta "¿Cómo te sientes?" O, si la conversación es sobre el aspecto, "¿Qué te parece cómo ha quedado?"
  • El camino de la reconstrucción es largo. Cuanto más veces nos recuerden que se necesitarán varias intervenciones, más probable es que lo tengamos en cuenta antes de tomar nuestra decisión.

Eso dice Stella Duffy después de traducida. Y la distancia, me temo, no es sólo por el idioma.
Seguimos en ello.

sábado, 7 de mayo de 2016

CONTARLO (PODER CONTARLO)

Una primera disculpa: según blogger, hace más de 2 años desde la última entrada. Aunque soy especialista en dejar las cosas para más tarde, esto es demasiado incluso para mí si este espacio quiere tener una cierta continuidad. Pero, digo yo, la continuidad no lo es todo. Un blog puede no ser un diario, ni un semanario: puede ser solo un depósito de capítulos sueltos, de trozos que, como en los naufragios, a veces tardan tiempo en llegar. Como lo que quiero contar hoy.

A lo que iba:

He leído –ayer leí de una sentada, es breve– el estupendo cómic (¿novela gráfica?) "Que no, que no me muero" de María Hernández Martí (texto) y Javi de Castro (ilustración) donde la autora cuenta fragmentos, sensaciones y reflexiones en torno a su experiencia durante el tratamiento del cáncer de mama (y más cosas, muchas más cosas). Soy muy aficionado al cómic, pero no lo suficiente para hacer una reseña bien argumentada, así que os recomiendo la que salió en El País, o mejor aún, la que he leído de Gerardo Vilches; os ilustrará más que este post en muchos aspectos (y no sólo técnicos o de erudición).

Pero yo iba a otra cosa, a lo de contar. A lo de contarLO.

No es la primera vez que se plantea esto de contarlo (o no), desde luego. En otro muy (muy) buen libro sobre la experiencia personal atravesada por otro tipo de cáncer (un linfoma) titulado "Mi cuerpo también", de Raquel Taranilla, la propia autora reflexiona en el prólogo sobre "¿Por qué contarlo [...]?" cuando todo puede parecer (y leerse) en contra: volver a recordar, exponerse, decir (de más o de menos), atormentarse, arrepentirse, incluso repetirse o repetir lo que ha sido dicho ya en otro lugar, por otra persona, en otro contexto (nunca será repetir, por tanto). Y, particularmente respecto al cáncer de mama, hay multitud de textos, tanto más formalmente editados como –no menos valiosos– en Internet.

Así que, creo yo, es una buena pregunta... ¿por qué contarlo?

Contar –contarlo– es, por un lado, poderlo hacer. Y no sólo desde la posibilidad física tal como se utiliza comúnmente esa expresión, con el significado de "sobrevivir a algo", sino desde la capacidad personal, la potencia, el deseo de de escribir para –al menos– completar el relato que hasta ahora sólo se leía –¿quién accede?– en la pésima letra de las notas de los médicos y las enfermeras en tu historia clínica o en los menús desplegables y los pdfs de la historia clínica electrónica. Poder contarlo es también, de alguna forma, un acto terapéutico –una actitud, mejor– cuando la enfermedad, esta enfermedad, se hace cargo de la situación, lo quiere ocupar todo o casi todo, amenaza con llevárselo todo por delante: contar algo, darle nombre, darle un relato, permite delimitarlo, que no se expanda como una mancha de petróleo, como un tsunami (y elegir mejores metáforas que las anteriores, claro). Un cuento de miedo sirve para conocer, para describir al miedo (y a nosotros frente a ello). Contar algo es una forma de controlarlo de la misma forma que un escritor puede manejar sus paisajes, sus tramas, sus personajes: decidir su aspecto, cuánto, cuándo y dónde aparece y, en definitiva, hacerlos morir o que triunfen. No digo que, en este caso en particular, se pueda llegar a tanto. La ficción, incluso la autoficción o la autobiografía tiene, como todo, un poder limitado, pero... (pienso) algo puede, algo puedo.

Y contar –contarlo– es, aún más, compartirlo y así ayudar desde otra posición, desde otra perspectiva. Leí en algún lugar cómo los profesionales, los expertos, los deportistas de élite, incluso los músicos más virtuosos (en el libro se hablaba específicamente de Itzhak Perlman) necesitan también un oído externo, un buen coach (de eso iba aquel artículo) que sea capaz, entre otras cosas, de analizar las distintas situaciones y manifestaciones del todo dividiéndolas en sus puntos críticos, delimitando sus componentes. Cuando una paciente se decide a contarlo se convierte, de algún modo, en coach de otras. Y de los profesionales. Desde otra posición, desde otra perspectiva.

María Hernández y Javi de Castro, los autores de "Que no, que no me muero" hacen precisamente eso: dar pinceladas concretas, cerrar viñetas, capturar frases, delimitar aspectos. Desde la ficción, construyendo un personaje –Lupe– donde convergen experiencias propias y ajenas, hechos e imaginación y mediante un orden tan aleatorio como neurótico: por orden alfabético.

Con "C" de "cáncer" pero también con "C" de "contarlo", con la lucidez del héroe o del antihéroe o, por ponerlo en las palabras de la autora:

En este libro se cuenta cómo en estos últimos años he tenido muchísimas oportunidades para desplegar una paciencia maravillosa, zen, elegantísima, de esa que te ilumina de inteligencia y te embellece y sirve de inspiración a los demás. 
Y cómo las he desaprovechado todas





domingo, 5 de enero de 2014

SOSTIENE SALINAS


Las manos, las inocentes
acuden siempre al engaño.
No van lejos, sólo van
hasta donde alcanza el tacto.
Rosa la que ellas arranquen
no se queda, está de paso.

Pedro Salinas
Las cosas,
de “Todo más claro (y otros poemas)”













La poesía es obra de caridad y de claridad” sostiene Salinas en el prólogo del libro que me acaban de regalar y de donde extraigo los versos que anteceden a este texto. Hablar claro, que no significa sacrificar lo complejo “en aras de claridad” como decimos cuando se renuncia a detallar más el discurso, a añadir información que lo pueda hacer más confuso. Hablar claro. Pero hablar, claro. Hablar de verdad.

Hemos hablado un rato mientras el regalo, este libro, permanecía, envuelto en celofán, encima de la mesa, entre los dos.

Tengo compañeros que dicen que la comunicación con los pacientes es imposible. Las cosas, claras y la relación médico-paciente, espesa. Y ahí lo dejan, nihilistas del séptimo día, sentenciosos, rotundos y envueltos en batas acartonadas, afianzados por años de experiencia (y lustros de desánimo). Y, bueno, no digo yo que no sea un problema, o que sea sencillo o que esté resuelto. Y, sí, ya sé que no todos los problemas tienen solución pero, cuando me dicen algo así, cuando me plantean eso de que “no hablamos el mismo idioma”, no puedo dejar de imaginarme la frontera, un muro –y todo eso de "paz por territorios"–, dos mundos, dos especies. Algo así como el capitán Kirk (con bata trekkie) bombardeando alienígenas porque no los entiende o porque ellos tampoco lo entienden a él (y eso, en el fondo, quiere decir, de algún modo, que todo está perdido: sólo queda la opción de aniquilar al enemigo que suele ser todo aquél que no habla tu idioma).

Y no, seguro que no. Hay que estar ahí, explicarse, preguntar, hablar, buscar la claridad. “Tinieblas, más tinieblas / Sólo claro el afán. / No hay más luz que la luz que se quiere [...]” sostiene Salinas. No podemos tolerar –no servirá de nada, en cualquier caso– un modo de relacionarnos poco exigente, simple, idiotizado, infantilizado. Hay que, de algún modo, traer a la superficie todo eso tan simplón y empobrecido que hemos ido aceptando, el discurso políticamente correcto del consentimiento (!) informado (!!). Hay que sacar la basura, poner las cosas en limpio, hay que aclararse. “Las claridades […] ¡Qué naturales parecen,/ qué sencillo el gran milagro”. Y hay que hacerlo desde ambas partes. Para eso estamos (juntos). Hay quien quiere o necesita más y quien menos, hay dosis, hay demandas que atender. Hay más o menos tiempo y mejores y peores lugares y momentos. Hay mucha gente, presente o ausente, alrededor que considerar. Y nadie sobra, perdonad, colegas. Que sea imposible (“¡qué sencillo el gran milagro!”, sostiene Salinas, repito) no quiere decir que no haya que seguir en esto. Es un asunto profesional pero, sobre todo, humano. Vivir también resulta, en último término, imposible.

¿Desconfianza? ¡Qué menos! El entorno, el asunto, las cosas que van sucediendo y sucediéndose, las informaciones oídas/leídas en la prensa, los comentarios de los familiares, de los amigos, de otros “profesionales”, lo oído ayer, hoy o mañana en la sala de espera (la sala de espera, ese yacimiento de psicoanálisis natural, ese diván de sillas –¡amarillas!– ancladas en serie siempre ¿pendiente? de un estudio psico-sociológico , de un verdadero uso).

¿Agresividad? ¿Ha oído alguien hablar de la palabra “miedo” y de sus habituales consecuencias en la conducta humana? “Todavía no lo sé / Entre los gritos de aquí / no se le oye bien”, sostiene Salinas. Cuando en la conversación hay un cuchillo, ¿quién se extraña de que, en algún momento, haya heridos? ¡Ah!, es la buena educación, la flema ––ese mito–– británica, lo que aspiramos a conseguir, lo que, convenientemente, en este contexto, extrañamos. Contención, caiga quien caiga. Pero, si nos fijamos, si atendemos...“Escucho. Otra vez/ se oye su voz delgadísima / diciéndome 'Ven'.”

Pacientes “excesivamente demandantes”. Claro, sólo se trata de su vida. ¡Qué gente tan exagerada! Porque ya le hemos pasado el documento, lo han firmado, hemos completado el discurso-panfleto, la explicación-prospecto, la descripción escueta y miope (con un solo punto de –corta– vista). ¿Qué posibilidades tengo? ¡No me haga reír! “Esa marmórea exactitud, la cifra, / poco ilumina”, diríamos, en caso de que aún tuviéramos citas a mano (o a máquina). ¿Cómo irá todo? ¿Qué me va a pasar? ¿Qué es eso del ganglio centinela ––cuando decidieron este término sostengo, ahora yo, que no hubo un buen poeta a mano––, la radioterapia, el linfedema...? ¡Qué pesada! Si ahí viene todo...lea, lea, si ya se lo he dicho ¿no ha oído? ¿no frecuerda?

“El borde es siempre temblor, / porque está entre dos”. Sostiene. Salinas.

No sé. Es posible que el primer día no se consiga (sea lo que sea lo que haya que conseguir), aunque hay que intentarlo, mucho, el primer día, el primer momento: “aunque las auroras de este mundo / sigan acaso siendo tan diarias, hay luces que no vuelven”, sostiene Salinas. Quizá algunas preguntas no sean las adecuadas, no vale una actitud genérica: no, no vale, seguro; quizá tampoco haya que obsesionarse en buscar un resultado en la comunicación (y, desde luego, ése no puede ser “que me entiendan” exclusiva y unidireccionalmente); puede que, tal vez, sugiero, el asunto vaya más por establecer un espacio, una alianza desde ahora mismo, o para más tarde, o para cuando se pueda o se precise... puede que abramos puertas inadecuadas o que no sepamos qué hacer con todo lo que sale por las que hemos abierto. Y, en general, puede que no llamemos a ninguna puerta y, entonces, nada real suceda.

Sí, nada hay claro, colegas nihilistas, pero todo va estando más claro (ese presente continuo): quizá la poesía no sirva para nada (pero, alguno de nosotros, tampoco: “allí detrás estáis, amurallados / en resplandor estático”).

Quizá.

En cualquier caso habrá que continuar, digo, por convicción, por vocación, esa palabra, sostiene Salinas.

[Y, por cierto, ¡gracias!].




martes, 3 de diciembre de 2013

REAL LADIES NEVER VANISH



Veía y leía recientemente un extraño artículo en The Guardian (por cierto, con el título de una vieja película de Hitchcok) sobre unas fotografías muy particulares: los retratos victorianos de bebés. En ellos las madres, o las damas de cría, o las nurses, desaparecidas tras gruesas telas, camufladas, ejercían de sostén, de sillón orejero, ocultas por una especie de burqa ad hoc, sujetando a sus bebés para que el fotógrafo pudiera hacer su trabajo. Estamos hablando de los inicios de la fotografía, de tiempos de exposición muy prolongados que obligaban a la quietud más absoluta durante muchos segundos si el retratado no quería salir "movido". Como dice el artículo, los padres del siglo XIX que querían hacerle una fotografía a un hijo, debían vestirlo con una ropa para la ocasión, llevarlo a él o ella a primera hora de la mañana y, seguramente, también a sus hermanos hasta el estudio fotográfico (o "ambrotipista") más cercano, subir varios pisos de escaleras hasta el ático, colocarse en el estudio y quedarse quietos durante unos 30 segundos, pagar una buena cantidad de dinero y esperar varios días hasta obtener las copias que enviarían a la familia como recuerdos o alojarían en álbumes o marcos.  La necesidad obliga (en caso de duda, siempre a las mujeres, claro). Estos retratos, pienso, tienen un punto como camp y enternecedor pero, sobre todo y a la vez y mucho más, algo lúgubre, forzado y, desde luego, cruel en su torpe interés en hacer que la mujer desaparezca.
Es cierto que la fotografía, entonces, era algo caro, complicado, excepcional. Cualquier sacrificio —femenino– debía parecer justificado para ahorrar una placa del carísimo colodión y posterior baño de plata si el niño se movía. Las cosas, al menos las técnicas, han cambiado mucho desde entonces y ahora todo el mundo se permite ser fotógrafo y fotografiado constantemente –a poco que se disponga de un móvil medio actualizado– y nadie es ya, nunca más, inédito –whatsapp ya se encarga–, nadie es capaz de no exhibirse, de no hacerse notar. 
Yo tampoco, resulta obvio: aquí escribo, otra vez.

Pero estamos hablando de mujeres desaparecidas, invisibles; mujeres que, a la vez que hacemos por no ver, por ignorar, hacen posible que las cosas sucedan, mujeres que, desde su invisibilidad, nos sostienen. Y que, en tantas ocasiones, no  vemos o no miramos.
Mientras veía estas antiguas fotografías de mujeres ocultas, pensaba en otro libro de fotografía que compré hace  poco tiempo, el scar project de... no recuerdo o no quiero recordar el nombre del fotógrafo. Un libro muy duro, excesivamente, en mi opinión. Un libro cruel, que muestra mujeres que te miran a los ojos pero que, paradójicamente y a la vez, permanecen ocultas (y esto es sólo una opinión, una cuestión incluso más subjetiva que una opinión), aunque en esta ocasión no se trata de una cortina o de una colcha, sino que quedan reemplazadas, en segundo plano, difuminadas por el horror de las cicatrices, de sus historias de dolor, de su narración poderosa y, a la vez, alienante que llevan escrita a base de cirugía y quimioterapia. Fotografías que, dese mi punto de vista, también esconden a sus protagonistas, en este caso por una exhibición casi pornográfica (¿morbográfica?) del dolor. Mujeres desaparecidas en un primerísimo plano.
Y quiero intentar explicarme bien, porque no quiero decir que la enfermedad de estas mujeres no importe, que no sea enorme, como un troll patoso y violento, descerebrado y hambriento. No puedo ni quiero negar el horror, el miedo o la desfiguración. Yo también me encargo de provocar todo eso, como efecto ¿secundario?. Quiero decir que, a pesar de todo, ellas, las mujeres, son las que están ahí, no la enfermedad, no la muerte. Esa es la foto que debemos ver: ellas (y no sus cicatrices y no su dolor y no su relato) son las protagonistas. La vida es el personaje principal.

He visto, y espero haber acompañado, a muchas mujeres pasar por este mal momento del diagnóstico y de la terapia agresiva que lo sigue. Y creo haberlas visto de verdad. Creo que nunca puedo esconderlas detrás de los paños quirúrgicos que coloco, enmarcando, como el viejo daguerrotipista, lo que va a quedar definitivamente, invadido, alterado, en muchas ocasiones destruido, algunas veces torpemente recreado mientras duermen. Siguen siendo ellas con o sin peluca, con o sin pañuelo, con o sin familia. Nunca se ocultan, no van a pasar desapercibidas entre la montaña de análisis y radiografías, al contrario, siempre están, llenas de valentía y de confianza, de contención y de agradecimiento, de vida.
Real ladies never vanish. Espero nunca dejar de poder verlas, sus miradas, sus gestos. Si algún día es así, la deshumanización profesional, esa especie de presbicia médica que adquirimos con la erosión de los años, me habrá vencido. Porque donde nunca están, de verdad, es en sus scanners, ni en los niveles del marcador, ni en el resultado de la biopsia: todo eso sólo intenta, torpemente, taparlas.

No están, nunca estarán, si las queremos suplantar, ver en función de su enfermedad. Eso es la casualidad, la anécdota (poderosa y brutal) que nos ha hecho hacer la foto con rayos X o con un campo magnético o con un radioisótopo; el instante (difícil, siempre demasiado largo) que pasará. Estas mujeres no son su enfermedad: esto no consigue taparlas, deformarlas, anularlas. Son ellas, siempre en verdadero primer plano, cada una de ellas, cada día, intentando seguir adelante, construir, aportar, ayudar. Claramente visibles, perfecta y exactamente presentes.

Y sujetándome, tantas veces, sosteniéndome para que yo no salga movido.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Una Sanidad Zombie






La verdad es ya una palabra en desuso, casi sospechosa o, peor aún, que hace sospechoso al que la pronuncia: de mesianismo, de ingenuidad, de simplismo. La verdad, en estos postmodernos y globalizados tiempos líquidos, es ya meramente una construcción, una narración mejor hilvanada que otras o, a lo peor, simple mitología. En cualquier caso, no es única, no es inamovible; la verdad ya no es lo que era: ya nunca será siempre y paradójicamente, verdad.
                                                                        Javier Baruch

  Los que trabajamos con una ciencia débil como la Medicina estamos bien acostumbrados a movernos entre la hierba alta de la incertidumbre y, si tenemos paciencia y cuidado, sabemos cómo evitar caer en el escepticismo nihilista o, peor aún, en el cinismo de los que abanderan el conocimiento –aunque generalmente se refieren sólo a datos sueltos– sólo si sopla a favor (cherry-picking, le llamamos, técnica y metafóricamente). No se trata de demostrar quién o cómo se hace más barato, no se trata sólo de eficiencia sino, probablemente de respeto, de cooperación, incluso, de consumo responsable. Aunque aquí, habitualmente, queremos hablar sobre la salud del seno, otra vez más nos iremos por la tangente, acompañando a la ¿láctea? marea blanca.

   Desde esta posición ambigua y compleja que constituye nuestra profesión y abriendo el foco desde el/la paciente hacia ¿arriba?, desde la consulta a los despachos, la visión, la estimación de lo que la asistencia sanitaria es, ha sido y quiere ser, no puede resultar unívoca ni monolítica. Es bueno que haya distintos criterios siempre que estén bien argumentados.  Necesitamos hipótesis alternativas.

El discurso oficial actual es que la sanidad (la asistencia sanitaria) es un barco desgobernado e ingobernable, que pierde euros como el Prestige perdía petróleo antes y después de hundirse y nos pintara las playas y las gaviotas (qué ironía) de alquitrán. El discurso oficial también es, sin embargo y paradójicamente, que tenemos una sanidad de primera, de-las-mejores-del-mundo, y que es, a la vez, eficiente e insostenible, equitativa y excesivamente generosa, profesional e indolente, accesible y dispersa, innovadora y anquilosada... todo depende del contexto, del aspecto que se analice y, sobre todo, del foro al que el político, el profesional o el analista de guardia se dirija en cada momento. Y, claro, con un discurso así, tan confuso como perverso, no faltan los que ven en ello un inestimable estímulo a las reformas, a los cambios, a ponerlo todo en duda para acabar de una vez por todas con el asunto: el paciente tiene algo, un problema, ¡amputemos! Ya, sí, pero ¿puede aguantar la intervención? ¿es lo mejor? ¿hay alternativas menos cruentas?

Hasta hace bien poco los profesionales sanitarios, el sistema, no hemos sido tanto un problema como una solución. Hemos mantenido una asistencia sanitaria con indicadores más que decentes (en los grandes números, no así en los detalles mirados más de cerca) con un consumo de recursos bastante proporcionado a nuestra economía (en las grandes cifras, no en la distribución del gasto). El secreto a voces ha sido la combinación de los bajos salarios de los profesionales sanitarios y la abnegada paciencia de usuarios que sufren colas, servicios en ocasiones mediocres, carteras de servicios truncadas, poca capacidad de elección y una nula participación en la toma de decisiones sobre el sistema que les proporciona la asistencia. Ahora, desde hace menos tiempo, de solución hemos pasado a ser el problema. Somos insostenibles, ineficaces, resistentes al cambio y a la innovación, esclerosados, casi cadáveres y, a la vez, depredadores del presupuesto: somos una sanidad zombie. Olemos mal, incluso.

Sí, necesitamos reformas, desde luego. ¿Qué institución no las necesita en este momento? Pero esas reformas no pueden hacerse de espaldas a usuarios y profesionales y sin contar con los datos, con objetivos razonables, consensuados, con gestores competentes, bien formados e independientes, con confianza y autonomía para los centros y los profesionales, con transparencia. Y con tranquilidad. No podemos, además de navegar con una vía de agua en la línea de flotación (y no voy a sugerir quién disparó el misil, cada cual busque a los responsables, incluso frente al espejo), ir dando bandazos con esta ventolera que sopla, por cierto, siempre del noreste.

Necesitamos reformas tranquilas, con guante de seda, bien pensadas (basadas en las mejores pruebas disponibles) y mejor explicadas, con sentido, sin la premura de lo que había que haber hecho antesdeayer y no se hizo. Sin romper la baraja. Los problemas de las organizaciones no tienen culpables –eso nos enseñaron–: tienen soluciones, cursos de acción viables, ajustes. Si no los han tenido los bancos (culpables, me refiero), nosotros tampoco. Su verdad puede ser también la nuestra. Su imprescindible saneamiento, también.

La tijera y la Gran (contra)Reforma a destiempo sólo precipitará el Apocalipsis Zombie. Y luego busque usted un cirujano plástico y unos órganos en buen estado que le dejen más presentable. Ya no quedará nadie, ningún lugar donde mirar. La tinta de las reformas apresuradas, centradas en un value for money que pocos discutirían de entrada, será nuestro chapapote. Y hasta aquí me llegan las metáforas, aunque si quieren empleo unas del ámbito sanitario, tan de moda: no se trata del cirujano de pulso firme, ni de amputar, de terapias dolorosas pero necesarias; se trata de prevención, de control de daños, de priorizar medidas, de trabajo en equipo. Se trata de tomar buenas decisiones sobre un paciente crítico, inestable y muy, muy valioso.

Piensen. Duden. Se lo ruego.

Porque no hay, nunca hubo, una sola verdad. Y eso no sé si es bueno, pero es lo que hay.

Y disculpen que me haya ido tan por la tangente, de nuevo.


jueves, 1 de noviembre de 2012

THE BREAST






Hemos tenido recientemente esa cosa de los Príncipes de Asturias y todo ese glamour que otorga a la Real Casa el préstamo de prestigio de personas mucho más brillantes que el oro de la corona. A veces pienso que esto de los Premios tan Principales funciona de una forma similar a quien se rodea de libros –y lo digo en pública acusación de mí mismo– que no ha leído. Uno espera que los libros, su presencia, sus lomos, su orden, sí, su prestigio, también, pero, sobre todo, la promesa de lo que contienen, llegue a iluminarlo, a deshacer un poco de esa inmensa sombra que es la ignorancia, algún día.

Uno, supongo, se rodea de libros para que le digan cosas, pero quizá también para que hablen de él. En la era antes de Facebook, era una forma artesanal del clic de "me gusta". Esos títulos verticales. "Poesía, vaya", decían tus amigos. O bien, "¿Por qué Montaigne al lado de Cernuda?" en el mejor de los casos. Libros: fragmentos, trozos, a medio cocer, de la vida. La parte por el todo.

Y en los Príncipes de Asturias, decíamos, entre sus flamantes nombres como títulos en lomos verticales, hemos tenido (casi) a Philip Roth. Con todo ese montón de Gran Novela Americana –literalmente– a cuestas. Con su ficticio y cada vez más real Zuckerman, sus trilogías temáticas, su genio y su potencia. "Nos te coronamos, príncipe de las letras" hubiéramos oído, de presentarse el escritor al evento, cosa que no sucedió. La parte no llegó, del todo.

Con la capacidad del azar para ordenarlo todo con tanto sentido, poco después (en tiempo geológico casi simultáneamente), el Rey deRedonda, con su ficticio y cada vez más real Jaime o Jacobo Deza, no aceptaba otra corona que la que él mismo se impone y sus pares reconocen. La parte (que, de alguna forma) representa al todo, no gustó a Marías.

Y, además, todo esto, el azar dicta, los telediarios y los períodicos mezclan, alrededor de los días del lazo rosa, del periodo del "breast cancer awareness" donde se multiplican los mensajes de la detección precoz, de La Realidad en forma de cáncer, de la nada ficticia amenaza de amputación, de sufrimiento, de muerte. De nuevo la parte por el todo, pero aquí acompañada, desgraciadamente de grandes, impactantes, cifras: cientos de miles de mujeres, cada ocho minutos, una de cada doce o ocho o dieciocho... Cientos de mensajes, vídeos, slogans, reuniones. (Y un poco, sólo un poco, de pensamiento crítico, herético, poca información sobre las dudas del beneficio del diagnóstico precoz que pasan casi desapercibidas en el mainstream de La Medicina, al menos de La Medicina Divulgada).

Hay otro nexo, otro azar, otro link. Hay un libro de Philip Roth de 1973. Un librito, tratándose de él, perdón, de Él. Casi un ejercicio literario, diría yo, pero un ejercicio que le salió redondo (y perdón, de nuevo, ahora por el cliché y la broma fácil). Se titula "The Breast", o sea, sí, "El pecho", como se tradujo al español, o "El seno", que dirían Gros o Prats o Ramón (Gómez de la Serna), es decir, "La Mama", así entre nosotros. En el libro, y aquí sigue un poco de spoiler, me permiten, un profesor de literatura comparada sufre una metamorfosis Gregorio-Samsa-way y se convierte, de un día para otro, no en un insecto, no en un monstruo, se convierte en una mama, una esférica mama "con la forma de una sandía en un extremo" y provista de un sensible (muy sensible) pezón. Tratándose de Roth y con este comienzo, se entiende que el tratamiento del tema no es, para nada, políticamente correcto. Hay tragedia, sí, pero también humor, poca condescendencia, palos a todo lo que se mueve. Buena literatura. Que consigan meterte en una mentira de ese calibre (suspender momentáneamente la credulidad que dicen los entendidos) requiere de gran habilidad literaria, es obvio. Un hombre convertido en mama, en un megaseno inmóvil, casi sordo pero hipersensible, hipersexuado, de nosecuantas libras de peso, que es cuidado sobre una hamaca por enfermeras/os, un psiquiatra, sus (escasos) amigos, su antigua (y actual, a pesar de las dificultades anatómicas) amante y su padre.

Traigo todo esto aquí pensando en cómo miramos, en cómo nos vemos y nos ven. La buena literatura, como otras formas de arte, muestra cosas pero, sobre todo, nos mueve, nos agita en algún lugar que tendemos de otra forma a silenciar, a mantener plano e inmóvil, resuena con una vibración compleja que, finalmente, deja unas cuantas buenas preguntas en el aire. Y se adelanta a su tiempo, tantas veces.

En ocasiones, algo –una parte– nos atrapa, nos obsesionamos con un asunto, un fragmento, un tema. Una idea invasiva, tóxica, egoísta, que se quiere universal. Algo que, como un seno materno, nos alimenta y, a la vez, no nos permite ver del todo, vernos a nosotros, ser completos. Nos engulle, nos diluye, en su seno. Nos convertimos en ese mismo fragmento, sordos, inmóviles, grotescos. Inhumanos.

Sinécdoque: tomar a la parte por el todo. Eso es. A veces, más potente que una metáfora.